Pasajeros al tren

Sentado en un andén cualquiera, esperando que llegue el tren que me lleve de regreso a casa. Con la cara manchada, agotado y la mochila al hombro. Ese es mi primer recuerdo que tengo sobre los trenes y las estaciones de tren. Mi admiración por estos edificios empezó desde pequeño, desde aquellos viajes que hacía con mi grupo scout por toda la geografía de mi región cada fin de semana. Entrar en la estación del Portillo de Zaragoza implicaba que pronto empezaría a jugar y a disfrutar, y quizá por eso y por este recuerdo las estaciones me atrapan.

El tren tiene algo mágico, una vez estás sentado dentro de él te transporta hacia otro mundo. Tiene algo que hace que te olvides de todo y disfrutes del viaje. Pero el tren parte y llega de las estaciones, y es de estaciones de lo que vamos a tratar

Estaciones hay muchas y de muchos tipos, repartidas por todo el mundo. Pero tienen un denominador común y es que son capaces de albergar y dar cobijo a los viajeros de una manera diferente a las estaciones de autobuses o a los aeropuertos. Te puedes estar una hora dentro de una gran estación y observar, únicamente observar. La compra del billete, consultar tu tren en las pantallas, el ir y venir de gente, la espera en el andén, los puestos de venta ambulante, las tiendas permanentes, los revisores, el humo…

¿Qué fue del humo? Desde aquí desde A+ vamos a empezar a analizar diferentes estaciones de tren de toda Europa, no desde un punto de vista crítico, simplemente desde cierta nostalgia, admiración, interrogación. Una vez un profesor me comentó que las estaciones eran altas, muy altas para permitir que la gente viera ya que el humo llenaba por completo las estaciones, pero de eso hace ya mucho. Las estaciones han cambiado… ¿o no? ¿Son necesarias entonces estructuras enormes para las estaciones? ¿Qué entendemos por una buena estación y por qué motivos? ¿Las estaciones españolas están bien planteadas?

Vaya parece que mi tren está llegando, tendré que cogerlo, o igual dejo que pase. No tengo prisa. Otro llegará. Aquí en la estación estoy bien, no recuerdo el nombre de la estación. ¡Qué más da! Desde la más pequeña estación del interior peninsular a la estación central de Nueva York todas permiten a la gente apearse y montarse en sus nuevos destinos, en sus nuevas ilusiones. Creo que eso hace mágico a las estaciones. ¿Estoy viendo humo? IMPOSIBLE

a+ pmcampos

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