Polonia I_Cracovia, Varsovia

Viajar a Polonia en plena ola de frio igual no es la mejor opción para visitar un país, y aún más cuando la puerta del avión no cierra por problemas de congelación; pero desde “aplus” le ponemos buena cara al mal tiempo y nos atrevemos con el viaje.

El primer problema cuando se organizó el viaje a Polonia, fue la escasa información que se encontraba sobre la arquitectura Polaca. Hasta el año en que estalla la 2ª Guerra Mundial el país seguía las misma influencias que todo Europa, pero después de finalizar la guerra y de que el país cayera en el bando soviético toda la arquitectura ha tenido una clara influencia comunista. Ha sido con la caída del muro de Berlín en 1989, cuando Polonia empieza abrirse al mundo y eso también tiene su reflejo en la arquitectura.

Por lo tanto el viaje a Polonia se planteó como un continuo “callejeo” donde descubrir todo lo que nos permitiera la maravillosa compañía de -18º de temperatura. Cracovia fue nuestra primera visita, el casco histórico de la ciudad (Stare Miasto) fue declarado patrimonio de la humanidad en el año 1978. Empezamos en la plaza del mercado, donde visitamos la “Lonja de los paños” y la “basílica de Santa María”, desde allí decidimos bajar al sur hacia la Colina de Wawel donde se encuentra el castillo y la catedral.

Alternado el paseo con cafeterías de la calle “Grodzka”, nos encontramos la primera sorpresa; un proyecto de un estudio polaco para unas oficina de turismo y exposiciones. El proyecto se plantea como una reinterpretación de los materiales del casco histórico para integrarse con la arquitectura histórica de la zona. Os dejamos la página del estudio que hizo el edificio ya que nos pareció interesante señalar lo que se hace hoy en día en Polonia

http://www.ingarden-ewy.com.pl/

Continuamos nuestro paseo por la ciudad y en paralelo al río Vístula rodeamos la Colina de Wawel hasta que llegamos al antiguo Gueto de Cracovia, famoso desgraciadamente por la 2 Guerra Mundial y en el cual se rodó la película de Steven Spielberg “La lista de Schindler”. Si bien el barrio mantiene su carácter en cuanto a su estructura y a sus edificios, las plantas bajas se han convertido en cafeterías, restaurantes y pubs con un carácter totalmente distinto al de sus exteriores. De nuevo en otra cafetería nos resguardamos del frío y nos disponemos a organizar la visita a Varsovia.

Al día siguiente por la noche llegamos a nuestro segundo destino y en cuanto salimos por la boca del metro, el cambio fue repentino; ante nosotros una mezcla de “Comunismo y capitalismo”, de “Pasado y presente” estábamos en el corazón de Varsovia. Enfrente de nosotros uno de los edificios de la época comunista, el “Edificio de Cultura y Ciencia” que Stalín “regalo” a la ciudad de Varsovia y que actualmente convive junto a las nuevas torres de la época democrática.

Esta visión nos plantea Varsovia como una ciudad de contrastes y donde lo nuevo se mezcla con lo viejo, pero se hace tarde y el termómetro marca -26 grados, así que vamos a buscar el albergue para descansar y cenar auténtica comida polaca como son los “bigos” y “pierogis” ¡Hasta mañana “Warsovia!.

a+ castro vazquez

EL ARQUITECTO HA MUERTO

Esté artículo que se presenta a continuación, se ha extraido de la edición digital de «El periodico» y fue publicado el pasado jueves 22 de diciembre en las sección de opinión.

EL ARQUITECTO HA MUERTO

El ‘boom’ de la construcción aceleró el desplome de la profesión, y la crisis le dará la estocada final

La arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia. Octavio Paz

Esta noble profesión, que según Vitrubio se ocupaba de darnos «firmitas, utilitas, venustas» -solidez, funcionalidad y belleza-, languidece inexorablemente. Esta última década ha supuesto la progresiva descomposición de un quehacer que antaño tuvo prestigio y relevancia social. No solo es que el 45% de los arquitectos españoles estén sin trabajo, sino que este ya no será nunca el mismo. La crisis va a darle una estocada final, pero su deceso se fragua desde hace tiempo, el boom edificatorio no hizo más que acelerarlo.

Recordemos que la figura del arquitecto consiste en dar cobijo a sus semejantes, ya sea para habitar, celebrar, aprender, trabajar… Tiene -tenía- la delicada responsabilidad de adecuar estos espacios con la máxima garantía de satisfacción para el usuario. Eso sí, desde un gran abanico de posibilidades tecnológicas y estilísticas. El arquitecto afrontó el arranque del siglo XX como una oportunidad de reformulación del hábitat al calor de los avances de la revolución industrial, y ejerció con empeño este liderazgo social emancipador. Se interesaba por su responsabilidad integral. Pero el desarrollismo fue abocando a la profesión hacia el mero mercantilismo. El triunfo del poder económico por encima de cualquier otra consideración ha convertido la labor del arquitecto en superflua. Incluso en molesta.

En España nos hemos dormido. Por un lado, los aparejadores fueron evolucionando y ocupando labores clave del proceso constructivo. Por otro, los ingenieros también espabilaron y fueron extendiendo sus competencias. Por si este estrangulamiento fuera poco, surgieron los project manager, cuya función principal era controlar a los arquitectos. Sinceramente, en una sociedad donde solo cuenta el resultado económico y donde las viviendas, escuelas y hospitales se han convertido en mera mercancía que sale a la venta, está claro que economistas, contables o abogados tienen más predicamento que un puñetero arquitecto.

Porque el arquitecto es -era- aquel que sabía de todo un poco, aunque no fuese especialista en nada. Un director de orquesta, «el hombre sintético, capaz de ver las cosas en conjunto», como dijo Gaudí. Aquel que da -daba- sentido orgánico al proyecto, el que intervenía en todo el largo proceso hilvanando el contexto urbano, la propuesta, su detalle y finalmente su delicada ejecución. El que garantizaba la dignidad de lo tectónico. Pero le han ido arrebatando su autoridad aceleradamente en aras de la supuesta eficacia, dejando la ética por el camino. Si antaño la llegada del arquitecto a una visita de obra era un acontecimiento respetable, ahora es un engorro para el promotor que prefiere no verle el pelo. Nuestros colegios profesionales estuvieron despistados, preocupados por abrir nuevas sedes colegiales, incluso en China (no es broma), y por viajar a congresos internacionales o montar foros, mientras aquí en España se degradaban los honorarios aumentando nuestra responsabilidad y se merendaban nuestras competencias en sus narices. También hemos aceptado concursos arquitectónicos totalmente injustos, cuando no ilegales y amañados, todo sin pestañear.

Por otro lado, las sucesivas leyes de edificación, aun con buenas intenciones, han ido tejiendo un enorme lastre burocrático, cortapisa de la innovación. Si en los años 80 un arquitecto dedicaba un 80% de su tiempo y energía a la parte creativa del proyecto, hoy en día, sin exagerar, la proporción se ha invertido. Nos han relegado a suministradores de certificados y mediciones. El arquitecto humanista está desapareciendo, y en su lugar emerge un panorama dual y esquizofrénico. Por un lado, un selecto grupo de estrellas internacionales que pueden hacer todo cuanto se les antoja, grandes escultores de iconos al servicio del príncipe de turno. Y en el otro extremo, un ejército de oficinistas del hormigón, haciendo bloques estándar al dictado de la normativa y bajo la estricta supervisión de la promotora. Pero aquel arquitecto libre, creativo, responsable y honesto está en vías de extinción. Ya no sirve, ni con crisis ni sin crisis, en una sociedad postrada a la producción frenética de objetos para vender, sean pequeños como lavadoras o grandes como edificios. Da igual que ocupen espacio público y sean usados por personas, solo cuenta el presupuesto.

El arquitecto tradicional está moribundo, y no siento ninguna nostalgia al respecto, los tiempos cambian. Más bien nos corresponde una severa autocrítica por la deriva acontecida. Pero afortunadamente, como siempre acontece, se vislumbra una nueva generación que está buscando un espacio de dignidad, lejos de la arrogancia del ego o del servilismo crematístico. Que yo sepa, la gente seguirá teniendo necesidad de cobijo digno, y allí estarán de nuevo al quite algunos colegas con entusiasmo y sin ínfulas.

¡El arquitecto ha muerto, viva el nuevo arquitecto!

Arquitecto.

Con este artículo queremos terminar el 2011 para la reflexión y que en 2012 podamos llevar a cabo muchas ideas vitaminas como las que proponiamos el otro día. Nuestra profesión no está muerta, pero si necesita una revisión, y eso conlleva que nos esforcemos, no podemos quedarnos tan tranquilos, debemos coger la iniciativa y seguir adelante con toda la ilusión del mundo.

¡FELIZ AÑO!

a+ ielizalde